¿Dónde comienzan los dioses? ¿Amanecieron ellos antes que el lenguaje? ¿O son, sin desmedro de su existencia, la suprema construcción de la palabra humana? De norte a sur, en Mérec, los arayés conocieron a ciertos dioses pequeños y coloridos que gustaban decorarse con plumas de loro, usar collares y argollas en las orejas. Y bailar de forma preciosa. Los Japiripé, tan numerosos como las abejas. Los Japiripé, sentados sobre sus propias lenguas, hacían ademanes exagerados. Los pequeños dioses estaban furiosos, increpaban y maldecían: dañinos, inservibles, carne agria, riñones sin alma… ¡Culones! Después de cada insulto, se alzaba un griterío de repudio contra el pueblo humano. —Tienen una piel para amarse, y ellos la usan para quedarse solos. Los Japiripé se estiraron la boca para gritar. —Les dimos sonrisas, porque las sonrisas son portales. Y ellos las usan para fingir alegría. —Les dimos la música como pensamiento, y a ellos solo se les ocurrió mover sus grandes culo...